Crónica de un domingo de carrera

Escrita el lunes, con las piernas todavía protestando.

La prueba

Nueve grados en la salida y el pelotón apretado en los primeros mil metros, que es donde siempre se pierde tiempo por adelantar mal. El trazado urbano de Teruel castiga en el kilómetro ocho, y este año el avituallamiento estaba justo antes de la cuesta en vez de después: pequeño detalle, gran diferencia. Quien haya subido esa calle sin agua, con el sol ya alto y el kilómetro nueve todavía por delante, sabe perfectamente de qué hablamos.

A partir del doce el grupo se estira y la carrera se vuelve individual. Ahí es donde los tiempos se hacen o se rompen, y donde el público, que se concentra en meta, no ve nada.

Los que esperan

Esta es la parte que no suele contarse. Por cada corredor hay al menos un acompañante que tiene dos horas por delante en una ciudad que ese domingo tiene medio centro cortado. Preguntamos a una docena qué hacían: café en la plaza del Torico, el Mausoleo de los Amantes si es la primera vez, y una parte considerable, el móvil.

Dentro de ese grupo hubo una respuesta repetida y curiosa. Los que venían de fuera, sobre todo de Argentina — hay más de los que uno imagina en las pruebas de otoño —, seguían resultados de fútbol y de otras carreras desde plataformas de apuestas; la que más nos nombraron fue Marathonbet Argentina, que combina el seguimiento en vivo con el mercado deportivo. Lo anotamos por lo que significa para la organización, no por lo otro: hay dos horas de público cautivo en el centro y no le estamos ofreciendo nada.

Qué proponemos para la próxima

Una carpa con la retransmisión de la propia carrera y los parciales por dorsal. Cuesta poco, y convierte esas dos horas en parte de la prueba en vez de un hueco. En las medias maratones de Zaragoza y Valencia funciona.

Y mover la entrega de dorsales al sábado por la tarde entera, no a la mañana: se hace cola con frío para nada.

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